Por Daniel Bonilla

Rock al parque. Gina Navarro
Alguna vez me dijeron que existía una banda llamada The Clash, y que tocaban punk. Qué es el punk, pregunté, y me explicaron, con aguda precisión histórica, que era un subgénero del rock aparecido en la segunda mitad de la década de los setenta, caracterizado por el retorno a la sencillez armónica, primaban en él la fuerza escénica, la irreverencia y la respuesta política frente a lo establecido, la injusticia y la desigualdad social. Muy bien, pensé yo en ese entonces, el punk lucía como la música que quería escuchar. Escuché a The Clash y aún hoy los sigo escuchando, son posiblemente una de mis bandas favoritas, pero no por ser todo eso que me dijeron que era, sino simplemente porque cuando el llamado punk, la música de los tres acordes y la autodestrucción, se convirtió en una constante de todos los grupillos que querían figurar en los medios y vender miles de discos, ellos tomaron la actitud más punk posible: dejar de tocar punk. Y ahí lo pueden comprobar quienes vayan a sus discos, en los que puede uno encontrarse con teclados, saxofones, ritmos tropicales, guiños al reggae, secuencias electrónicas, rockabilly y un montón de cosas más. Cuando el rock llegó a un nivel de sofisticación exageradísimo, cuando entró en el terreno de la música académica y compleja, los jóvenes desempleados de Londres respondieron con camisetas en las que se leía “I hate Pink Floyd”, gritando con ello que la música que había nacido en los burdeles y bares en Estados Unidos, que llegó como polizonte en barco a Inglaterra y que fue acogida por una juventud marginada y en plena emancipación respecto de la generación de sus mayores, había entrado a círculos intelectuales de los que se sentían excluidos. El punk devolvió ese espíritu al rock, inyectó nueva vida a esa corriente musical que empezó a vender discos por millones alrededor del mundo y que entró a hacer parte del glamur y las pasarelas. Claro, cuando el punk también se convirtió en una mina de oro para los músicos y las disqueras, murió, y eso ocurrió en menos de cinco años. Los mismos miembros de The Clash prefirieron ocuparse de otros asuntos, formar otras bandas y experimentar por caminos diversos, así que disolvieron el grupo – su último disco no cuenta con ninguno de sus miembros originales–, pero para la historia queda que ellos solos fueron una de las más grandes revoluciones del rock porque entendieron que iba más allá de la música misma, que si algo no podían perder eran sus raíces en lo popular, lo marginal y lo excluido, por eso alrededor del mundo la influencia que dejaron se nota en bandas como la No Smoking Orchestra al mando de Emir Kusturica, Los Fabulosos Cadillacs, el Sargento García o las 1280 almas, todas ellas, bandas (y cantante) que han sabido entroncar la música de la guitarra, el bajo y la batería con los colores locales de sus geografías propias.
No creo en la “pureza” del rock. Eso me suena más bien como a “pereza”, porque para muchos es más fácil repetir las fórmulas que han dado resultados para otros. Esos convencionalismos de los géneros que muchos denominan ingenuamente “puros”, es una suerte de lápida que el rock siempre ha tenido que llevar a cuestas. Por eso, a pesar de que las letras de muchas de las bandas de metal pesado y otros géneros extremos, canten alabando la rebeldía e inviten al destronamiento de los poderes establecidos, religiosos, políticos o sociales, su música es exageradamente repetitiva, monótona y predecible. Son pocos los que realmente proponen algo diferente o salido de las normas.
Para mí, el rock & roll hace rato dejó de ser simplemente una música. Su espíritu crítico y de respuesta va más allá de una guitarra, un bajo y una batería. Yo puedo “mecerme y rodar” con muchos sonidos pero me he dado cuenta de que montones de los que se dicen roqueros, resultaron más conservadores que mis abuelos. Veo más punkera a Calle 13 que muchas bandas contemporáneas de punk. Veo más metalero a alguien como John Zorn que muchas de las bandas más “oscuras” de la escena. Confío más en la vanguardia de gente como Edson Velandia o Mike Patton, que en el virtuosismo excesivo pero sin espíritu de muchos. Bob Marley fue mucho más roquero que Genne Simons, el primero cantaba a favor de la libertad y la abolición de las desigualdades, el segundo solo ha utilizado la música para hacer dinero.
Este año, muchos de los que se autodenominan roqueros colombianos han estado bombardeando las redes sociales y llamando a las emisoras para protestar por el cambio de dirección de la música en Rock al Parque, se volvieron los más convencionales de todos, seguramente se les olvidó que justamente que desde sus orígenes el rock es lo anticonvencional. Llama profundamente la atención que exista ahora un público que exija que esta música tenga que acomodarse a esquemas rígidos y que no admita la experimentación en ella misma. Cuando el rock en inglés se convierte en la norma, no hay nada más roquero que cantar rock en español, en serbocroata, en francés, en ruso o en cantonés. Los Beatles lo supieron, cuando su música se estaba convirtiendo en un puñado de melodías dulces y repetitivas, supieron reinventarse y acudieron a todo aquello de lo que podían echar mano para revolucionar la música desde adentro, desde sonidos electrónicos, técnicas novedosas de grabación y estructuras de la música clásica hasta armonías traídas de Oriente. Lo han hecho también David Bowie, Peter Gabriel, Queen, Frank Zappa, Trent Reznor, los Beastie Boys, Lou Reed, Iggy Pop, The Mars Volta, Omar Rodriguez Lopez, Charly García, y muchos más, por eso son únicos e inclasificables.
Un chico con un cuerpo formado en gimnasio, tatuado, con voz potente y agresiva, no me dice más de la actitud roquera que un combo de champeta de la zona más deprimida de Cartagena, porque estos últimos se me antojan más cercanos a los jóvenes de los cincuenta y sesenta, huérfanos de los padres que la guerra les arrebató y abandonados a su suerte sin oportunidades para educarse o trabajar. El rock de mi pueblo es la cumbia, ¿o alguien va a negar que el compás de 2/4 es el mismo del rock anglo y de casi toda la música popular?
Por eso celebro que en este Rock al Parque hayan compartido escenario bandas como los luciferinos Inquisition, los guapachosos Systema Solar, los irreverentes Skindred, el experimental Saul Williams, los sicodélicos Blonde Redhead, los siempre anárquicos Siniestro Total, los africanizados Dub Incorporation y el desquiciado y ahora rehabilitado Charly García. Y no por el cuento de la diversidad, que es más un discurso político del que no es pertinente hablar acá. Lo es porque cuando existe un festival auspiciado por entes gubernamentales, quiere decir que el rock (lo que sea que ese término signifique a estas alturas) ya pertenece al conjunto de las expresiones socialmente aceptadas, y que su discurso contestatario ya pasa a ser una bandera más que un gobierno pluralista puede y debe admitir. Es decir, lo que nació como resistencia, ahora tiene un espacio y un tiempo en el que es lícito “alocarse”, se ha reglamentado el desarreglo de los sentidos. En últimas, el arribo al Simón Bolívar cada año no difiere del Camino de Santiago o la peregrinación a La Meca. El rock como congregación ha sido admitido en los cánones oficialistas, y no hay otra manera de que se salve si no es convirtiéndose en una constante revolución contra sí mismo. El rock es una música, una industria, una actitud y en los últimos años, escenario de reivindicaciones sociales y banderas ideológicas de todo tipo, pero creo que no tiene otra forma de sobrevivir, aunque suene paradójico, más que a través del autosacrificio, más que matándose una y otra vez, para renacer con otros ropajes y múltiples mutaciones. Si no es así, lo único que tendremos es una iglesia más, sostenida por doctrinas rígidas y anquilosadas y, lo peor, que la libertad de sus seguidores estará limitada a los dictámenes de un mercado que ordena gozar con una música en especial (llámese pop, salsa, reguetón, rock, cumbia o dance), sin que nadie se dé cuenta de que esa orden existe. Los nombres y las etiquetas de la música funcionaron durante mucho tiempo como la guía para encontrarla en las tiendas de discos pero esa denominación siempre provino de alguien más, de un otro ajeno que decidía por nosotros y cuya decisión aceptábamos, pero bueno, no hay que olvidar que las tiendas de discos ya no existen. El rock ha muerto, no hay palabras más certeras, y es la única manera para que sobreviva, morir como mercancía y dogma y renacer como una piedra que incomoda, que mina las convenciones y los formalismos, pero que se alimenta constantemente de ellos. No importa que por el camino hasta los mismos fanáticos se resistan, el sentido de “sacudir la cabeza” al ritmo de la música, no es otro que el de sacudirse de los propios prejuicios y de las creencias obsoletas, y si el rock sigue logrando eso, se mantendrá vivo para las generaciones venideras.